miércoles, 4 de octubre de 2017

Paisaje después de la batalla


XAVIER VIDAL-FOLCH

Anteanoche sonaban, ensordecedoras, todas las cacerolas hasta en el Eixample burgués: del pueblo y de la élite. De la protesta cuasi revolucionaria y del desplante conservadurísimo de las clases medias azuzadas —no todo el mundo es listo, aunque lo crea— por los residuos de sus dirigentes históricos, el pujolismo trepanado.

Ayer se despertó otro día gris, pero no el “gris a Madris” de Quico Pi de la Serra, tono Arias-Navarro, sino gris-Barcelona. Aquel que imperaba antes de redescubrirse el Modernisme de Gaudí y Domènec i Muntaner, una traslación a lo cromático del olor a col hervida en toda la escalera.

Te despierta el amigo financiero honesto, al que la barricada low cost impide el acceso a la capital y te pregunta si estamos en 1934 cuando Lluís Companys lanzaba su proclama federal en el balcón de la Generalitat, horas antes de ingresar en el barco-prisión Uruguay; o en 1936, cuando eso-que-no-queremos-recordar. Calma, amigo, unos pierden los nervios, pero nunca tú, flemático y positivo.

Te habla también off the record el presidente de aquella influyente patronal, y paisano, agitado porque “los míos viven en la nube, Mariano ni sabe qué hacer ni se deja aconsejar para hacer nada, ignora que camina sobre un incendio”, y recuerda que ese familiar directo suyo, directísimo, del PP rama dura, también se ha pasado al independentismo. Hay otros, y no pocos, los recontaremos.

Bajas a la calle que ocupan los jóvenes, quizá los únicos que aciertan pese a que ni esa sea su causa, ni esa su bandera.

Dieciochoañeros, enternecedores y entristecedores a partes iguales, resucitados tras años de indiferencia (desde el indignado 15-M de 2011), olvidan que su protesta contra el uso de la fuerza sirve de coartada. “¿A quién?”, inquieren. A los gobernantes que derogaron en el Parlament, el 6 y el 8 de septiembre, las libertades catalanas consagradas en el Estatut, obvio.

No saben qué responder a la pregunta de por qué no se manifestaron tan masivamente cuando esos adorados Mossos reventaron el ojo a Ester Quintana en la huelga general del 14 de diciembre de 2012, y quedaron impunes, sería que sería por culpa de una bola de goma catalanísima. Y mira que se sienten igual las brechas en cualquier cuerpo: ¿pocas? ¿muchas?: una sola ya duele demasiado.

Ella marcha con la nube de chavales envueltos en la senyera profanada de azul faccioso y decrépitas estrellas, que increpan a los bancarios. Pese a lo cual, Mariano es y debe ser también su presidente: ¿Lo sabe, lo saben?

Es Pepa, la veterana y estupenda actriz roja, que va a la manifa de actores, que quiere sentirse joven, siempre joven. Reconoce que la asonada parlamentaria fue un bochorno pero la relativiza ante “lo que han hecho los otros” y te perdona la vida, hermosa, por seguir defendiendo antiguallas, sonríe, como la Constitución y el Estatut. ¿Qué, si no? ¿Qué cosa seria, fructífera y refrendada, si no?, respondes.

Enseguida llama el pariente íntimo, Javi, tipo noble que militó contra el referéndum-fraude, y que acabó yendo a votar (en blanco) como protesta a las imágenes madrugadoras; y aquella prima, Merche, que aún llora al percatarse de que su papeleta depositada por igual pulsión será contada a favor de la declaración de independencia. Este es el juego: los ases en la bocamanga.

El juego queda prístino cuando tropiezas con la prima Blanca, recién salida del departamento económico de la Generalitat donde trabaja, y te explica: “Nos han dicho que nos fuéramos del curro, que esto es una huelga institucional, por supuesto pagada”.

Este surrealista paisaje después de la batalla del domingo merece un Gabo de pluma mágica. Lo peor: que es también preludio del próximo desastre.

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