sábado, 7 de abril de 2018

Gareth Stedman Jones


La alienación, la lucha de clases, la plusvalía, el capital. El trabajo como valor, el materialismo histórico, el choque entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. La dictadura del proletariado, el comunismo. Esta ensalada de conceptos remite, sobre todo, a un pensador, Karl Marx (el otro, siempre en segundo plano, es su amigo Friedrich Engels). Vino al mundo en Tréveris, al sureste de Renania, el 5 de mayo de 1818, y doscientos años después de su nacimiento su descomunal obra sigue sometida al escrutinio. La biografía de Gareth Stedman Jones tiene el enorme valor de quitarle al personaje los lastres que lo han convertido en el gran mito de la revolución para devolver su pensamiento al mundo en el que surgió. Karl Marx. Ilusión y grandeza(Taurus; traducción de Jaime Collyer), más de 800 páginas, transita de su vida privada a la pública, de sus estudios a barullo de la política, bucea en sus referentes, da cuenta de sus desafíos, y muestra las contradicciones y los logros de aquel lejano filósofo y hombre de acción, cuya ideas terminaron por transformar radicalmente el mundo en una dirección que ni siquiera llegó a imaginar.

El Club Tocqueville


Con la figura de uno de los pensadores esenciales del liberalismo como referente y faro, Alexis de Tocqueville, se ha constituido en Barcelona un think tank para reflexionar y abrir espacios de diálogo “desde la perspectiva constitucional”. Entre sus impulsores están los escritores Valentí Puig y Ferran Toutain, el profesor de Derecho Constitucional (UB) Josep Maria Castellà, el historiador Jordi Canal, la doctoranda en Derecho de la UE (Universidad de Oxford) Núria González, el doctor en Derecho y profesor de IESE Ricardo Calleja, la profesora titular de Ciencias Políticas (UAB) Ana Mar Fernández, el economista Albert Guivernau, el crítico literario Ponç Puigdevall y el abogado Arnau Guasch.

”Nuestro propósito es proponer ideas para una sociedad catalana, abierta, plural, bilingüe y estable”, señalan los impulsores de esta iniciativa que, aseguran, tiene abierta sus puertas a todo aquel que quiera “ser miembro activo, contribuir a la financiación o participar en nuestras actividades”. El Club Tocqueville empezará a dar los primeros pasos el próximo 5 de abril en Barcelona, con un coloquio entre Valentí Puig y el historiador Sir John Elliot, en el auditorio de Foment del Treball.

Boadella en Waterloo


La lluvia no cesa en Waterloo. En una esquina, seis policías belgas observan de pie los movimientos de los recién llegados. Tienen permiso para celebrar el acto y han colocado tres banderas: la europea, la española y la de Tabarnia, que se balancean ligeramente con el viento en una explanada de hierba frente a la casa. Suena Waterloo, de Abba, una vez, dos veces, tres veces. También Por qué no ser amigos, de Hombres G, una sutil oferta de unidad en tiempos de abierta hostilidad. Albert Boadella sale de una tienda de campaña y toma la palabra para iniciar la performance. Está frente a la vivienda donde Puigdemont ha establecido el centro de operaciones del autodenominado Govern en el exilio. "Hemos venido aquí para reunirnos con el presidente fake en una conferencia al más bajo nivel entre un presidente legítimo, que soy yo, y un presidente ilegítimo, que es él. Ya ven que nuestros medios son modestos. En cambio, los suyos son algo más importantes", proclama con aire trascendental en referencia a los 4.400 euros mensuales de alquiler que cuesta el inmueble.


miércoles, 21 de marzo de 2018

La verdadera historia del policía Pedro Urraca


Loreto Urraca publica la novela biográfica de su abuelo, agente franquista clave en la persecución de los republicanos exiliados y colaborador de la Gestapo.

Hasta hace diez años, su abuelo paterno no era más que un familiar al que apenas había conocido y del que había heredado un apellido tan infrecuente como sonoro. Pero un domingo, al hojear las páginas de este diario, leyó el nombre de Pedro Urraca en un reportaje que desempolvaba del olvido a un personaje siniestro de la historia reciente de España. El abuelo de Loreto Urraca había sido cazador de rojos en la Francia ocupada, un policía franquista destinado al territorio galo con la misión de perseguir y detener a republicanos españoles exiliados, entre quienes figuró Lluís Companys, presidente de la Generalitat de Catalunya durante la guerra.

Descubrir que un pariente cercano perteneció a las alcantarillas de un régimen dictatorial no es un trago fácil de digerir. En una situación similar, hay dos opciones: guardar silencio y pasar página o asumirlo y compartirlo en público. “Si me hubiera llamado López o Martínez, a lo mejor me hubiera sido más fácil pasar inadvertida, incluso no hubiera hecho nada, pero me di cuenta de que sería imposible negar mi vínculo. Decidí afrontarlo, pero a la vez necesitaba desafiliarme de él públicamente”, reconoce a este diario la nieta de Urraca, que acaba de publicar Entre hienas (Editorial Funamubilista), una novela biográfica fruto de casi una década de investigación entre archivos, cartas y diarios.

Dos Españas, la misma sangre


Un abuelo de Cristina Fallarás fue fusilado en 1936, el otro formaba parte de los pelotones de fusilamiento. Ahora publica la historia de su familia en 'Honrarás a tu padre y a tu madre'.

El día 5 de diciembre de 1936 Félix Fallarás, de 35 años, casado y con dos hijos, tramoyista del Teatro Argensola, fue fusilado en el cementerio de Torrero, en Zaragoza. No se le conocía militancia política. Su familia siempre pensó que ocupó por error el lugar de su padre, dirigente de la UGT. Se llevaban mal, se llamaban igual. Por aquellas fechas, uno de los encargados de los pelotones de fusilamiento era Pablo Sánchez, un alférez de dos metros y rasgos indios. Bisnieto del presidente mexicano Benito Juárez, colaboró con la Gestapo y terminó alcanzando el grado de coronel en el ejército de Franco. Pasado el tiempo, un día de 1957, acudió a la sucursal de su banco acompañado de su hija María Jesús. Les presentaron a un nuevo empleado. Era el hijo pequeño de Félix Fallarás, tenía tres años cuando mataron a su padre y se llamaba como él. Diez años después de aquel encuentro se casó con María Jesús. Al año de la boda nació su hija Cristina.

¿Se acabarán las guerras civiles?


Se discutía con pasión qué era exactamente una guerra civil. ¿Se definía en función del número de víctimas o de la comunidad que la padecía? ¿Dependía de la identidad de los combatientes o de los objetivos de los bandos enfrentados? Las acepciones del término eran volátiles y parecía que no hubiera forma de ponerse de acuerdo. Descubrí entonces que esa misma confusión ya se había producido antes, en la década de 1860, durante la Guerra de Secesión de 1861 a 1865, un conflicto que los estadounidenses denominan la Guerra Civil.

El pasado no se repite, según una frase que atribuyen al escritor estadounidense Mark Twain; pero desde luego se parece mucho. Y así, en el soleado sur de California encontré una notable semejanza entre la guerra de Irak y la guerra civil estadounidense. La Biblioteca Huntington tiene los papeles de Francis Lieber, un abogado prusiano que en el siglo XIX emigró a EE UU y durante la Guerra de Secesión elaboró las primeras leyes de guerra, el antecedente directo del Convenio de La Haya y los Convenios de Ginebra que rigen los conflictos bélicos todavía hoy. Cuando estaba redactándolas, pensó que tenía que ofrecer una definición de guerra civil para situar el tipo de conflicto al que se aplicarían las normas. No pudo encontrar ninguna descripción legal de guerra civil y dedicó mucho tiempo a crear una.

“La gente ya no cree en los hechos”


Noam Chomsky (Filadelfia, 1928) hace tiempo que superó las barreras de la vanidad. No habla de su vida privada, no usa móvil y en un tiempo donde abunda lo líquido y hasta lo gaseoso, él representa lo sólido. Fue detenido por oponerse a la guerra de Vietnam, figuró en la lista negra de Richard Nixon, apoyó la publicación de los papeles del Pentágono y denunció la guerra sucia de Ronald Reagan.

A lo largo de 60 años no hay lucha que se le haya escapado. Igual defiende la causa kurda que el combate contra el cambio climático. Tan pronto aparece en una manifestación de Occupy Movement como respalda a los inmigrantes sin papeles. Inmerso en la agitación permanente, el joven que en los años cincuenta deslumbró al mundo con la gramática generativa y sus universales, lejos de dormirse en las glorias del filósofo, optó por el movimiento continuo.

No importó que le acusasen de antiamericano o extremista. Él siempre ha seguido adelante, con las botas puestas, enfrentándose a los demonios del capitalismo. Ya sean los grandes bancos, los conglomerados militares o Donald Trump. Incombustible, su última obra lo vuelve a confirmar. En Réquiem por el sueño americano (editorial Sexto Piso) vuelca a la letra impresa las tesis expuestas en el documental del mismo título y denuncia la obscena concentración de riqueza y poder que exhiben las democracias occidentales. El resultado son 168 páginas de Chomsky en estado puro. Vibrante y claro. Listo para el ataque.